NOTAS AL DISCURSO SOBRE LAS CIENCIAS Y LAS ARTES
Parte segunda
1 Se ve fácilmente la alegoría de la fábula de Prometeo; y no parece que los Griegos que lo clavaron en el Cáucaso pensaran de él cosas mejores que los Egipcios de su dios Teutus. «El sátiro, dice una antigua fábula, quiso besar y abrazar el fuego la primera vez que lo vio; pero Prometeo le gritó: Sátiro, llorarás por la barba de tu mentón, porque quema cuando se le toca.» Es el tema del frontispicio.
Cuanto menos sabemos, más creemos saber. ¿Los peripatéticos dudaban acaso de algo? ¿No ha construido Descartes un universo con cubos y torbellinos? ¿Y existe hoy incluso en Europa algún físico tan malo como para no saber explicar con osadía el profundo misterio de la electricidad, que constituirá quizá y para siempre la desesperación de los verdaderos filósofos?
3 Estoy muy alejado de pensar que este ascendiente de las mujeres sea un mal en sí mismo. Es un regalo que les ha hecho la naturaleza para felicidad del género humano: mejor dirigido, podría producir tanto bien como mal hace en estos momentos. No vemos bien las ventajas que nacerían en la sociedad de una mejor educación prodigada a la mitad del género humano que gobierna a la otra. Los hombres harán siempre lo que guste a las mujeres: si queréis que lleguen a ser grandes y virtuosos, pues enseñad a las mujeres lo que es magnanimidad y virtud. Las reflexiones que proporciona este tema y que Platón ya efectuó en otro tiempo merecerían estar mucho más desarrolladas por una pluma digna de escribir según tal maestro y defender una causa tan importante.
4 Pens. Filos.
5 Tal era la educación de los espartanos, según narra el más grande de sus reyes. Dice Montaigne: es cosa digna de gran consideración que en la excelente legislación de Licurgo, verdaderamente monstruosa en su perfección, tan cuidadosa con el alimento de los hijos, considerado como su carga principal, y en la morada misma de las Musas, se haga tan escasa mención a la doctrina: como si la generosa juventud desdeñara cualquier otro yugo y hubiera sido menester proporcionarle, en vez de maestros de ciencias como los nuestros, únicamente maestros de valor, prudencia y justicia.
Veamos ahora cómo habla el mismo autor acerca de los antiguos Persas. Platón, dice, cuenta que el heredero de su corona era criado de la siguiente manera. Después del nacimiento se le entregaba no a mujeres, sino a eunucos con autoridad de primera clase ante el rey, a causa de su virtud. Estos se encargaban de proporcionarle un cuerpo bello y sano y después de siete años le inducían a montar a caballo y a ir de caza. Cuando alcanzaba los catorce, lo ponían en manos de cuatro: el más sabio, el más justo, el más moderado, el más valiente de la nación. El primero le enseñaba religión, el segundo, a ser siempre sincero; el tercero, a vencer la codicia; el cuarto, a no temer nada. Todos, añadiría yo, a hacerle bueno, ninguno a hacerle sabio.
Astiago, en Jenofonte, pide cuentas a Ciro de su última lección: ocurrió, dice, que en nuestra escuela, un niño mayor que tenía una saya pequeña se la dio a un compañero suyo más pequeño y le arrebató la suya, que era más grande. Como nuestro preceptor me hizo juez de esta diferencia, juzgué que había que dejar las cosas como estaban y que ambos parecían mejor aderezados en ese punto. Con lo cual me demostró que había hecho mal: porque me había detenido a considerar la conveniencia; y, en primer lugar, habría sido necesario hacer justicia, la cual exigía que nadie se viera forzado a renunciar a sus pertenencias. Y dijo que fue castigado como en nuestros pueblos se nos castiga por haber olvidado el primer aoristo de Mi regente necesitaría una bella arenga, in genere demonstratiuo, para persuadirme de que su escuela vale tanto como la descrita.
6 Si consideramos los desórdenes horrorosos que ha causado ya la imprenta en Europa, si pensamos en el futuro a través del progreso que el mal hace de día en día, podemos prever con facilidad que no tardarán los soberanos en cuidarse de desterrar este arte terrible de sus Estados, con tanto arto ardor como el que gastaron en introducirla en ellos. El sultán Achmed había cedido a las inoportunidades de ciertas presuntas personas con gusto y había consentido el establecimiento de una imprenta en Constantinopla. Pero apenas se puso en marcha la prensa, se obligó a destruirla y a tirar sus instrumentos a un pozo. Cuentan que se consultó al califa Omar sobre lo que se debía hacer con la biblioteca de Alejandría y éste respondió en estos términos: Si los libros de esa biblioteca contienen cosas opuestas’ al Corán, son malos y hay que quemarlos. Si sólo, contienen la doctrina del Corán, quemadlos también: son superfluos. Nuestros sabios han citado este razonamiento como el colmo de lo absurdo. Sin embargo, imaginad a Gregorio el Grande en el lugar de Omar y el Evangelio en el del Corán; se habría quemado también la biblioteca y habría sido sin duda el rasgo más grande de la vida del ilustre pontífice.
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